-¿Que hacés Dany, como andás? Saludé desde la vereda de enfrente.
-Hola. Acá, llegando de laburar.
-Bueno, ¿mañana tranqui, no? Por el paro, digo…
-¡Qué paro ni paro, yo tengo que laburar! Su énfasis fue más resignación que convicción y aceleró el paso para llegar, por fin, a su casa.
54 años tiene. Había bajado del colectivo cabizbajo, con andar cansino. Eran las 20:42 y se había ido a las 6 de la mañana. Empezó a trabajar a los 14 porque antes tus viejos te decían “estudiás o trabajás, acá vagos no queremos”.
Y esa es la historia que le está contando a su nieto: que desde hace 40 años, se va muy temprano y vuelve muy tarde, todos los días de su vida, de lunes a viernes. Hizo su casa, más o menos confortable, nunca compró un auto, nunca viajó y nunca pudo darse grandes gustos. Y ahora cuida lo que usa de luz y prende la estufa solo cuando hace mucho frío, si no, no llega a fin de mes.La historia de Dany puede ser tranquilamente la de la mayoría de la clase trabajadora argentina de su generación. Esa misma generación que reniega de los jóvenes NI-NI, que ni estudian ni trabajan. Pero... ¿cómo convence a su nieto que hay que laburar, estudiar, esforzarse? ¿Le propone una vida como la de él? ¿Le propone vivir para laburar, poner el hombro hasta que ya no pueda sostenerse en pie a cambio de comer seguido, vestirse prolijo y... listo? ¿A esperar la jubilación y morir?
El gran mérito del capitalismo fue naturalizar la alienación, que los trabajadores acepten que su rol es poner el lomo para que los poderosos disfruten los beneficios. ¡Ahora los quiero ver! Ahora, cuando esta generación de jóvenes le ratifique que ni en pedo va a poner el hombro y laburar como esclavos. Ahora los quiero ver... ¿de quién van a vivir? Porque por más que yo insisto -igual que Dany-, a mis hijos no los puedo convencer de que está bueno ir a laburar 12 horas y esforzarse para tener una vida digna: “prefiero juntarme con amigos, tomar unos mates aunque sea, y disfrutar un poco”, me dicen. Claro, yo no puedo mentirles diciendo que Dany fue/es feliz dedicando al trabajo más o menos el 70% de las horas que pasó despierto, a cambio de muy poco. Y tampoco puedo esconderles que hace casi nada era un joven con ilusiones y ahora es un señor casi mayor, abatido. Porque ese es otro tema: la vida pasa muy rápido para solo dedicarla a las obligaciones.
Algo tendrán que hacer los poderosos para que alguien acepte trabajar y poner el lomo. Hasta hace poco los laburantes hasta “creían” que podían tener un auto y mantenerlo: hoy lo venden para pagar la luz y el gas. Así, no hay esclavo que aguante.

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